Martín Díaz / La Nube
Al cierre del primer periodo del segundo año de la LXVI Legislatura, quedó un mensaje claro: durante este 2025, el Congreso del Estado de Tamaulipas ha demostrado que su prioridad no es legislar para el presente, sino litigar contra el pasado. La figura del exgobernador Francisco García Cabeza de Vaca se ha convertido en el eje que absorbe tiempo, recursos y atención de una Legislatura que, por momentos, parece olvidar su mandato constitucional.
En un estado con problemas urgentes de seguridad, desabasto de agua y una crisis persistente en el sistema de salud, resulta paradójico que la agenda parlamentaria esté dominada por denuncias mediáticas y giras políticas. La tribuna y las conferencias de la Junta de Gobierno han dejado de ser espacios de deliberación para transformarse en vitrinas de acusaciones públicas. La fiscalización es una facultad legítima, pero cuando se convierte en espectáculo permanente surge una pregunta incómoda: ¿en qué momento el diputado dejó de legislar para convertirse en activista de tiempo completo?
El costo de esta estrategia es evidente. Mientras se anuncian denuncias, se entregan firmas y se viaja a la Ciudad de México en horarios laborales para exigir justicia —atribución exclusiva de las fiscalías—, las comisiones legislativas acumulan rezagos. Iniciativas sobre desaparición forzada, infraestructura hidráulica, salud mental y protección a grupos vulnerables permanecen congeladas, esperando turno en una agenda secuestrada por el pasado.
Conviene hacer una precisión indispensable: señalar esta desviación no equivale a defender a nadie. La investigación y el castigo de los presuntos delitos del exgobernador corresponden a las autoridades judiciales. Lo cuestionable es que el Congreso de Tamaulipas haya claudicado a su función constitucional para operar como una oficina de agitación política, donde la cacería de un fantasma parece importar más que el bienestar de quienes hoy viven en el estado.
La justicia no se construye con giras, conferencias ni denuncias mediáticas, sino con instituciones que funcionan y leyes que se aprueban. Hoy, el Congreso de Tamaulipas parece más cómodo persiguiendo al pasado que enfrentando el presente. Y mientras los diputados miran por el retrovisor, el estado sigue esperando que alguien, por fin, ponga las manos en el volante y empiece a conducir.









