Carlos Tenorio García dejó la Dirección de Obras Públicas tras ser exhibido como socio de empresas contratistas del propio Ayuntamiento de Altamira. En lugar de ser investigado, el alcalde Armando Martínez lo reacomodó en otro cargo. La complicidad, una vez más, se disfraza de trámite administrativo.
Martín Díaz / La Nube
Altamira, Tamps.— Carlos Tenorio García renunció. De manera discreta, sin explicaciones, sin dar la cara. Dejó la Dirección de Obras Públicas del Ayuntamiento de Altamira, y lo hizo justo cuando salió a la luz una investigación que lo vincula como socio de al menos cuatro empresas del ramo de la construcción. Empresas que, casualmente, han tenido contratos con el mismo gobierno que él ayudaba a administrar.
No hubo sorpresa. Ni escándalo oficial. En la décima segunda sesión del Cabildo se leyó su renuncia en voz baja, como si se tratara de un punto menor en la agenda. Nadie preguntó. Nadie exigió respuestas. El mismo Cabildo que tomó nota de su salida aprobó minutos después su nuevo nombramiento: director Técnico del municipio.
El escándalo quedó atrapado entre dos oficios. En uno, su dimisión. En el otro, su promoción.
Los datos están en documentos oficiales. Bright Side Ingeniería, Grupo Industrial Rivali, Ingeniería Civil y Arquitectura Mexicana y CAV Consorcio Constructor están registradas ante el Registro Público de Comercio. Todas con giros ligados a la obra pública. Todas con una relación directa o indirecta con Carlos Tenorio.
Y hay más: una quinta empresa, Servicios Integrales y Arrendamientos M y J Global Service México, tiene como socio a Javier Mendiola Cisneros, quien ha fungido como representante legal de las otras firmas ligadas a Tenorio. La red es visible. Tan visible como la omisión del gobierno municipal.
El alcalde Armando Martínez Manríquez no declaró nada. No anunció investigación alguna. No informó de sanciones ni de auditorías. Solo permitió que su funcionario cambiara de oficina. Y lo hizo, además, en medio de una serie de movimientos administrativos que sirvieron de camuflaje: nuevos nombramientos aquí y allá, como si todo formara parte de una reestructuración rutinaria.
Pero en Altamira, todos saben que Tenorio no es un funcionario más. Es de los de confianza. De los que están cerca. De los que conocen el flujo de contratos, el juego de las licitaciones, los tiempos y los nombres.
Y mientras tanto, del otro lado de la calle —donde no hay banquetas ni pavimento—, los ciudadanos siguen esperando. Esperan que alguna obra pública llegue sin inflarse, que alguna licitación no esté arreglada, que algún funcionario no se lleve su tajada.
Pero en Altamira, esperar es ingenuo. Porque mientras ellos pagan el predial y el drenaje les brota por la cocina, Carlos Tenorio firma contratos desde una oficina nueva, con el respaldo intacto del alcalde que lo protegió.
¿Cuántas obras adjudicó desde el escritorio? ¿Cuánto dinero público terminó en manos privadas? ¿Y cuánto de eso regresó, en sobres cerrados, en convenios discretos, en lealtades compradas, al despacho de Armando Martínez?
No lo sabremos. Al menos no pronto. Porque el presidente municipal no investigó. No pidió cuentas. Solo lo cambió de lugar. Lo premió. Lo cuidó.
Hay dos opciones: o no se enteró —lo cual ya es grave—, o se enteró y no le importó —lo cual es peor—.
Pero entre la omisión y la complicidad, Armando Martínez ya eligió de qué lado quiere estar. Y por la manera en que se aferra a su gente, por cómo acomoda a sus caídos en nuevos escritorios, todo indica que eligió bien. Para él. Para los suyos. Para su bolsillo.