Martín Díaz / La Nube
Con bombo, platillo y toda la parafernalia institucional, el Alcalde de Altamira Armando Martínez lanzó su flamante concurso de diseño para la Marca Ciudad. Lo que no dijeron —pero se notó desde la primera “mañanera”— fue que el ganador ya estaba elegido desde el arranque: Carlos Zaens, un viejo conocido de la administración panista pasada, de esos que regresan como si nadie los recordara.
Desde el inicio, las reglas decían que habría cinco finalistas. Pero en la presentación oficial sólo aparecieron tres: dos propuestas del mismo participante (Zaens) y una del entonces director de COMAPA. ¿Cómo? ¿Dos propuestas del mismo participante cuando las bases decían claramente que era una por cabeza? A nadie le importó. Ni al jurado. Ni al alcalde Armando Martínez.
Por si fuera poco, una de las propuestas de Zaens estaba plagiada. Sí, robada de un hotel. Y no lo decimos al tanteo: hay capturas, comparaciones, pruebas. Se avisó a las autoridades, se mandaron mensajes, se hizo público… ¿y la respuesta? Silencio administrativo. El autor de la denuncia fue bloqueado por el mismo Ayuntamiento y por el propio Zaens, que además cerró sus redes sociales tras ser evidenciado. El colmo de la impunidad digital.
La votación pública también fue una burla. Cuando la propuesta llamada “SORPRENDE” iba a la cabeza, en menos de un minuto fue superada por más de 300 votos… provenientes, curiosamente, de lugares como el centro del país y Centroamérica. ¿Milagro viral? No. Bots. Y el golpe fue tan obvio que el mismo Ayuntamiento borró la publicación del concurso y días después le entregó el premio a Zaens como si nada hubiera pasado.
¿El premio? $50,000 pesos. No es una millonada, pero lo suficiente para que alguien se sienta con derecho a hacer el ridículo ético más grande con presupuesto público. Porque si ya se iba a hacer trampa, ¿para qué fingir? Mejor le hubieran asignado el premio directo a su cuate, como suelen hacer con las licitaciones disfrazadas.
Y aquí está el punto clave: Carlos Zaens fue colaborador de la exalcaldesa panista Alma Laura Amparán. Su cercanía con esa administración no es casual ni inocente. En Altamira, los favores políticos siguen vigentes. Hoy gobierna otro partido, pero los beneficios se reparten entre los mismos de siempre. La puerta giratoria del poder local nunca se detiene.
Lo más grave no es el robo del diseño. Ni el uso de bots. Ni siquiera el premio. Lo verdaderamente preocupante es la normalización del fraude, la burla al talento local y la descarada protección institucional al plagio. Una marca ciudad construida desde la trampa es una marca que nace podrida. Y esa, por más que la maquillen, no representa a Altamira.