Martín Díaz / La Nube
Ciudad Victoria, Tamaulipas. – Hay silencios que pesan más que las palabras. En el Ayuntamiento de Ciudad Victoria, el mutismo del alcalde Eduardo Gattas ante la violencia laboral contra una funcionaria embarazada es una de esas losas que aplastan la confianza ciudadana. La ley ha hablado, pero el gobierno municipal ha preferido hacerse el sordo. No es omisión, es complicidad.
El Juzgado Decimosegundo de Distrito concedió una suspensión definitiva en el juicio de amparo 456/2025, dejando claro que en la administración municipal el respeto a los derechos humanos es una farsa burocrática. La funcionaria en cuestión fue víctima de violencia y discriminación. Su delito: estar embarazada. Su castigo: la indiferencia del gobierno.
Pero el tema no termina ahí. A Eduardo Gattas lo acusan de acoso laboral. Y no es la primera vez que su administración se ve envuelta en señalamientos de abuso de poder. La falta de acción en este caso es solo un eslabón más en una cadena de impunidad que cada día se hace más larga.
Los regidores de Morena, PAN y Movimiento Ciudadano han levantado la voz. Exigen que el alcalde y su equipo cumplan con la resolución judicial. No es una petición, es una obligación. Pero en las oficinas del poder, la inercia es la norma. No hay prisa por hacer justicia. No hay urgencia por corregir el agravio. La función pública se reduce a los caprichos del Alcalde.
No es un caso aislado. Es un patrón. La desprotección de los más vulnerables, la tibieza ante el abuso, la soberbia de quienes creen que la impunidad es un derecho adquirido con el cargo. Lo que ocurre en Victoria es un espejo de lo que sucede en tantos municipios de México: la autoridad que se cree dueña del destino de sus gobernados, que usa la ley como instrumento de conveniencia, que aplica justicia según el peso del apellido o la cercanía al poder.
El Cabildo exige una sesión extraordinaria. Quieren respuestas. Quieren acciones. Pero sobre todo, quieren que el alcalde recuerde que el poder no es un refugio, sino una responsabilidad. Y que su silencio no lo exime. Lo condena.
La ciudad espera. Nosotros también.