Martín Díaz /Periodismo con Firma
En Tamaulipas, la justicia tiene una brújula que siempre apunta al norte cuando se trata de golpear, pero que se pierde en el sur cuando el negocio es grande. Lo que vimos estos días en Reynosa con el decomiso de 2 millones de litros de combustible no fue un operativo de rutina; fue un guion montado para la foto, con boletines tronantes y una narrativa de «mano dura» que buscaba retumbar en todo el país.
Pero mientras nos vendían ese «gran golpe» en la frontera, en el puerto de Tampico el silencio ha sido la norma.
Hablemos de proporciones y frescura de datos, porque los números no mienten: apenas en marzo de 2025, el caso del buque Challenge Procyon en el sur involucró 20.9 millones de litros. Estamos hablando de diez veces más que lo asegurado recientemente en Reynosa. Imaginen el tamaño del descaro: mientras aquí en el norte presumen una cubeta como si fuera un hallazgo histórico, allá en el sur, a un año de distancia, todavía nadie explica por qué las autoridades solo reportaron la mitad de la carga y qué pasó con los otros 10 millones de litros que se «esfumaron» del expediente.
¿Por qué tanto ruido aquí y tanto olvido allá? Simple: porque el operativo en Reynosa huele a consigna política. En tiempos donde se definen proyectos y se acomodan piezas para lo que viene, usar el huachicol para descarrilar a personajes de la frontera es la jugada más vieja del libro. Es el «huachicol de vitrina», ese que sirve para el escarnio público, mientras que el verdadero negocio —el de cuello blanco que fluye por las aduanas marítimas con la complicidad del silencio— sigue navegando en aguas mansas.
Si la ley fuera pareja, el escándalo de Tampico, con sus redes de corrupción de alto nivel y mandos involucrados, tendría la misma intensidad mediática que hoy sufre la frontera. Pero no. Para Reynosa hay cámaras y persecución; para el puerto hay discreción y carpetazo.
Al final, el mensaje para los tamaulipecos es cínico: no todos los delitos importan igual. El rigor se queda en el norte, mientras que en el sur se aplica la política del avestruz. En este tablero, lo que cuenta no es el volumen del hidrocarburo, sino el tamaño del adversario al que quieren descarrilar.
Escuchar los señalamientos de corrupción entre esta élite política termina siendo un ejercicio estéril; es como presenciar a los habitantes de una granja porcina acusándose entre sí de cochinos y marranos mientras todos chapotean en el mismo lodo.









