Martín Díaz / Periodismo con Firma
En la política, como en el periodismo, los tiempos no son accidentes, son sentencias. Que el titular de Comunicación Social del Gobierno del Estado decida colgar el traje de funcionario para retomar el chaleco de reportero a escasos días del cuarto informe de gobierno, no es una «transición natural». Es, por donde se mire, una salida atípica que cruje en las estructuras del poder estatal y que invita a mirar de reojo lo que acaba de suceder a nivel nacional con Julio Scherer Ibarra.
El libro “Ni venganza ni perdón” de Scherer y Fernández Menéndez marcó un hito en este 2026: la narrativa del «insider» que, tras ser orillado por las intrigas de palacio, decide que la mejor defensa es la tinta. Scherer no se fue en silencio; se fue señalando las facturas pendientes, los rostros del fuego amigo y las irregularidades que desde adentro ya no podía —o no quería— sostener. Hoy, en Tamaulipas, el tufo de ese guion parece repetirse en la capital.
Al anunciar su regreso al «viejo oficio», el ahora exvocero no solo recupera su libertad de movimiento; recupera el control de su propia historia. Para un periodista que ha caminado por las alfombras rojas del cuarto piso y ha gestionado las crisis de gabinete, volver a La Talacha no es un retroceso, es un rearmado. Quienes hoy celebran su salida en las oficinas de la Secretaría de Gobierno o en las áreas de finanzas, harían bien en no cantar victoria tan pronto. En el periodismo de fondo, el silencio que se guarda en la oficina pública suele convertirse en el estruendo de la columna semanal.
¿Qué es lo que realmente orilló esta renuncia en la víspera del evento político más importante del año? La lógica sugiere que el choque de trenes interno fue insostenible. Cuando la comunicación institucional se convierte en un campo de batalla entre secretarios que buscan lucimiento personal y operadores que exigen opacidad en los contratos, el comunicador se vuelve el fusible. Pero este fusible, a diferencia de otros, sabe escribir.
En las próximas entregas de su espacio editorial, veremos si estamos ante un periodista que regresa agradecido con el sistema que lo cobijó o ante un analista que, al estilo Scherer, empezará a soltar «pelos y señales» de los grupos que lo empujaron a la puerta de salida. Si la narrativa es la de la congruencia, no habrá espacio para la entrega ciega. Al contrario, el conocimiento de las entrañas del presupuesto, de las pifias en seguridad y de las grillas por la sucesión, le dan una ventaja comparativa que ningún otro columnista tiene hoy en el estado.
La duda queda en el aire: ¿Será una pluma condescendiente o veremos la versión tamaulipeca del ajuste de cuentas literario? Por lo pronto, el regreso a La Talacha promete ser mucho más que una simple vuelta al teclado; podría ser la apertura de una caja de Pandora que muchos en el gabinete preferirían mantener sellada.









