Martín Díaz
Hay momentos que exhiben a una legislatura… y hay otros que exhiben a quien se para en la tribuna sin saber ni qué trae en las manos. Lo de la diputada Francisca Castro Armenta no fue un simple error; fue un retrato completo de cómo se hace política cuando se improvisa.
Subir a la “Máxima Tribuna” del Estado debería implicar, por lo menos, leer lo que uno va a decir. No es mucho pedir. Pero no. La diputada decidió confiar —a ciegas— en el documento que le pusieron enfrente y terminó leyendo sobre vacunas contra el sarampión sin tener la menor idea de por qué estaba hablando de eso.
Y entonces vino la pregunta que lo dijo todo:
¿Quién me dio esto?
Ahí se acabó el discurso y empezó la realidad. El balbuceo, la corrección en vivo, el “se equivocaron aquí… este es otro tema”, no fue un tropiezo: fue una confesión. Clara, directa y sin maquillaje: no sabía lo que estaba leyendo.
Esa escena no solo dio risa. Dio contexto.
Porque esto no es un accidente aislado. Es una forma de operar. Es la política del diputado que llega, lee lo que le ponen y levanta la mano cuando le dicen. Si el papel estuviera equivocado —como lo estuvo—, el error también se vota.
Y ahí está el verdadero problema.
No sabemos cuántas iniciativas se han aprobado sin que alguien en tribuna las haya leído de verdad. Nadie lo va a admitir. Pero basta ver cómo se votan reformas en minutos, sin discusión real, para entender que lo ocurrido no es la excepción… es la regla.
Y esa regla cuesta.
Cuesta en leyes mal hechas. En decisiones que afectan dinero público, servicios y derechos, tomadas por gente que no domina ni el documento que tiene enfrente. Mientras en tribuna se improvisa, afuera hay ciudadanos que sí pagan las consecuencias.
El momento terminó con un “Ay Dios santo… que OK”.
Más que una frase, fue un reflejo. El de alguien que entendió, en ese instante, que el error ya era público y que no había forma de arreglarlo.
Pero el problema no es el video.
El problema es lo que el video exhibe.
No sabemos cuántas veces no leen…
pero el sistema está diseñado para que pase constantemente.
Y en ese sistema,
la ignorancia no es un error…
es un requisito.









