Por: Martín Díaz / Periodismo con Firma
Alberto Granados es otro alcalde más que sucumbe ante la vanidad. Su viaje a la Ciudad de México el pasado viernes 13 de marzo para recibir el «Premio Nacional al Buen Gobierno» no es más que un intento desesperado por comprar legitimidad y tapar una gestión marcada por las carencias. Mientras él posaba para la foto en las instalaciones del INAP, los datos de fiscalización en Tamaulipas lo ponían en su lugar: de los 43 municipios del estado, 41 salieron con irregularidades financieras y Matamoros es uno de ellos, quedando fuera de los únicos dos que sí entregaron cuentas limpias. Al final, ninguna estatuilla de metal puede ocultar las cuentas mochas ni el desorden con el dinero del pueblo.
El galardón llegó con la coreografía de siempre: fotografías impecables, sonrisas ensayadas y la narrativa de un Matamoros «modelo nacional». Pero cuando uno se aleja de la vitrina y revisa los fríos datos de fiscalización, el brillo del trofeo se apaga. Resulta cínico intentar vender una imagen de eficiencia cuando el nombre del municipio aparece en la lista de los señalados por la autoridad fiscal estatal y federal.
EL CLUB DE LOS GALARDONADOS “DISTINGUIDOS”
Como periodista, uno aprende a dudar de estos premios «nacionales» porque la historia reciente es una maestra cruel. La organización que hoy aplaude a Granados tiene un historial que debería provocar más cautela que orgullo. En sus vitrinas de “excelencia” han desfilado personajes que hoy son el rostro de la infamia en México.
No es un dato menor: Javier Duarte en Veracruz, Roberto Borge en Quintana Roo y Roberto Sandoval en Nayarit —hoy todos asociados a desfalcos millonarios y procesos judiciales— también recibieron en su momento reconocimientos similares por su “gestión y liderazgo”. Si la vara para medir el “buen gobierno” es la misma que premió a quienes terminaron en tribunales, entonces la placa que hoy presume Matamoros no es un certificado de buena conducta; es, acaso, un accesorio de propaganda comprado a plazos.
LA EXCELENCIA TIENE PRECIO
Habría que preguntarle al alcalde cuánto le costó al erario de Matamoros la «cuota de recuperación» para traerse ese trofeo a casa. En este mercado de vanidades, la seriedad técnica es lo de menos; estos institutos operan bajo un esquema de comercialización de prestigio donde el municipio envía carpetas con fotos bonitas, paga por «gastos de logística» en hoteles de lujo y recibe a cambio un reconocimiento “patito”. No hay verificación de campo ni cruce de datos con la realidad; es una auditoría de escritorio que califica la publicidad, no la honestidad. Mientras el instituto otorgante ignora convenientemente el desorden financiero que los auditores reales sí ven, el alcalde obtiene el insumo perfecto para alimentar su propio ego.
CUENTAS CLARAS
Al final, la evaluación que realmente importa no se entrega en hoteles ni se presume en Facebook. Se escribe con rigor en los informes de fiscalización, lejos de los reflectores y los aplausos pagados. La pregunta de fondo no es el premio; es si, como ciudadanos, seguiremos permitiendo que nuestras autoridades compren legitimidad con reconocimientos de dudosa procedencia, mientras las cuentas pendientes se acumulan. Porque para un pueblo con carencias, los trofeos salen sobrando; lo que se necesita es que el gobierno deje de coleccionar placas y empiece a demostrar, con transparencia, en qué se están gastando los recursos que son de la gente.
Los hechos están sobre la mesa.
Que cada quien saque sus propias conclusiones.









