Martín Díaz / Periodismo con Firma
Mario López, “La Borrega”, acaba de comprobarlo de la peor manera. Mientras fue parte de la «Cuarta Transformación», sus cuentas públicas no le quitaban el sueño a nadie. Nadie mencionaba los 375 millones de pesos en observaciones, nadie levantaba la voz y, mucho menos, alguien parecía preocupado por el destino del dinero de los ciudadanos. Pero bastó que el diputado lanzara una declaración incómoda sobre el “huachicol fiscal” para que, por arte de magia, el sistema recuperara la memoria.
Así de selectivo funciona el poder.
De pronto, el Congreso del Estado desempolvó cifras y expedientes para armar un discurso de honestidad tardía. Humberto Prieto salió a escena a detallar los malos manejos de su antiguo aliado. Si las irregularidades ya estaban ahí, ¿por qué nadie se interesó en revisarlas mientras hubo disciplina partidista?
Lo verdaderamente escandaloso en este episodio no son solo los millones de pesos bailando en el aire. Lo cínico es el momento exacto en que decidieron acordarse de ellos. Estamos viendo el viejo método mexicano, ese de «encubrir a los amigos y aplicar la ley a los enemigos», pero reciclado con colores nuevos. La regla es clara: protección mientras obedezcas y garrote cuando te salgas de la fila.
En Tamaulipas, la transformación también aprendió a usar el mazo.
En cuestión de semanas, «La Borrega» pasó de ser el compañero de movimiento al símbolo de la corrupción. El mismo grupo político que ayer lo abrazaba, hoy lo señala con el dedo de fuego. Y él, desde la otra orilla, dispara contra quienes antes le aplaudían. No nos engañemos: en esta guerra no hay inocentes, solo sobrevivientes tratando de hundirse unos a otros.









