Martín Díaz / Periodismo con Firma
CIUDAD VICTORIA, TAM. – Cuando la administración de Eduardo Gattás se queda sin argumentos para explicar el destino del dinero de los victorenses, echa mano de su herramienta favorita: la guerra sucia.
Tras las revelaciones sobre los sospechosos contratos de mantenimiento que suman 87 millones de pesos, la respuesta del alcalde no fue la transparencia, sino el ataque personal y la orquestación de campañas de desprestigio. Bajo la operación directa de su equipo de medios, donde el síndico Hugo Reséndez parece haber cambiado sus funciones legales por las de «estratega de perfiles falsos», han intentado desacreditar nuestra labor periodística.
La estrategia del cobarde
Un servidor, al igual que otros colegas y medios de comunicación, hemos sido blanco de estos ataques cobardes que se escudan en el anonimato. El uso de cuentas apócrifas y plataformas afines para lanzar acusaciones sin sustento no es más que un síntoma de desesperación.
«Gattás y Reséndez le temen a la fiscalización ciudadana; prefieren gastar energía en intentar ‘manchar’ firmas con trayectoria, que en transparentar bajo qué criterios regalaron esos millonarios contratos.»
Resulta lamentable que el síndico, quien debería ser el primer guardián de la legalidad en el Ayuntamiento, se preste a coordinar granjas de bots para atacar a la prensa. Es una traición a su encargo y una ofensa a los ciudadanos que esperan que su sindicatura cuide los recursos, no que los use para financiar campañas de odio.
No nos van a callar
Desde La Nube lo decimos claro: sus perfiles falsos no tienen el peso de nuestra pluma. Ni sus bots ni sus ataques orquestados desde la comodidad de una oficina pública van a lograr que quitemos el dedo del renglón. Los 87 millones de pesos siguen ahí, sin una explicación real.
La calumnia es el último recurso de quienes no tienen las manos limpias. En Victoria ya nos conocemos: sabemos quiénes dictan las ofensas y quiénes operan las cuentas falsas. Lalo y Hugo pretenden esconder sus fechorías con lodo, pero el lodazal ya les llegó hasta el cuello.









