Martín Díaz / Periodismo con Firma
Lo que ocurrió el 25 de febrero en el Congreso de Tamaulipas no fue un escándalo de tribuna. No hubo gritos, ni pancartas, ni debates encendidos. Fue algo mucho más revelador: el inicio de un proceso que pretende comprometer el agua de Reynosa por los próximos 25 años con la bendición silenciosa de quienes, hasta ayer, se juraban enemistad política.
La iniciativa enviada por el Ayuntamiento de Carlos Peña Ortiz para licitar el uso y reúso de agua no tratada entró por la puerta de “Correspondencia” y fue despachada en segundos hacia Comisiones Unidas. Sin preguntas. Sin cuestionamientos. Como si se tratara de un trámite de rutina y no del inicio de una concesión que podría extenderse hasta el año 2051.
El milagro de la unidad
Lo que verdaderamente sorprende es la docilidad legislativa que rodea a esta propuesta. Es un secreto a voces el distanciamiento y los choques frontales que han existido entre el Alcalde de Reynosa y el grupo compacto que rodea al Ejecutivo estatal. Sin embargo, frente al proyecto industrial vinculado a la producción de hidrógeno verde, el hielo se derritió.
Resulta fascinante ver cómo el bloque de Morena, comandado por Humberto Prieto, se ha convertido en el principal facilitador de la agenda de Peña Ortiz. ¿Cómo explicar que un alcalde percibido como “distante” de la línea oficial logre que el oficialismo y la oposición le encaminen una concesión de un cuarto de siglo sin resistencia visible?
El silencio unánime en el Pleno no fue casualidad, fue disciplina. El “Efecto Makito” logró un milagro que la política tradicional ya no conoce: un consenso absoluto donde la curiosidad legislativa fue amordazada. Nadie pidió la palabra, nadie solicitó el expediente técnico, nadie cuestionó las letras chiquitas. En el momento en que se leyó la entrega del agua de Reynosa, el Congreso de Tamaulipas se convirtió en una sala de mudos por conveniencia.
Una ruta trazada en lo oscurito
Este «milagro» legislativo no fue espontáneo ni producto de la casualidad. La historia comenzó el 11 de julio de 2023, cuando el Alcalde presentó ante la fundación ISCM un plan que prometía rehabilitar plantas potabilizadoras bajo el cobijo de una «inversión millonaria». Aquella promesa maduró el 28 de noviembre de 2025, cuando el Cabildo de Reynosa, en su Sesión número 56, le dio el primer “sí” formal a la licitación internacional por el uso de agua residual para hidrógeno verde.
Lo que en 2023 se vendió como un gesto de saneamiento ambiental, hoy en el Congreso se ha convertido en un trámite de ventanilla que une a los que antes se desconocían. Tres meses de cabildeo en las sombras han rendido frutos: la estructura técnica ya estaba notificada y el camino pavimentado para que los diputados solo tuvieran que firmar.
La política del silencio
Ningún diputado de Reynosa pidió la palabra. Ni los de Morena, ni la oposición del PAN o MC. Si el distanciamiento político es real, ¿por qué el Congreso abre la ruta legislativa para un compromiso de 25 años sin exigir un análisis técnico en el pleno? Mientras el Diario de los Debates registraba discusiones sobre otros temas, el dictamen avanzaba en comisiones, lejos del reflector público. Esa prisa no es civilidad; huele a un acuerdo cupular que se cocinó saltándose las trancas de la estructura estatal.
No es grilla, es futuro
Reynosa enfrenta presión industrial y ciclos de escasez. Comprometer el agua residual por un cuarto de siglo para un proyecto energético de exportación es una decisión que trasciende cualquier trienio. Si responde a una necesidad financiera coyuntural —como la deuda de la COMAPA asentada en los expedientes municipales—, los ciudadanos merecen transparencia total, no acuerdos de medianoche.
El agua es vital. El futuro hídrico no admite errores. Y 25 años son demasiado largos para equivocarse. El próximo 3 de marzo, cuando el dictamen baje al Pleno, sabremos si los legisladores recuperan la voz o si fue el ‘milagro’ del negocio lo que finalmente enterró las diferencias entre la administración municipal y el Gobierno del Estado.









